jueves, agosto 17, 2006

¿Es preferible la cordura diaria o la locura intemporal?

Muerte en las calles, viejos con ideas del pasado queriendo traerlas al futuro, expedientes que desaparecen por arte de magia y exámenes que piden sean preparados con menos de 10 horas de anticipación, un par de ojos pequeños que miran como pidiendo consuelo o descanso, sonrisas y llantos con la visión sana de la vida y la incomprensión natural de la infancia, muñequitos dientones que cantan o gritan consignas, un pequeño motor persiguiendo sombras a lo largo de la ciudad, sabios con preocupaciones de niño angustiados por un puñado de ladrillos, almas hoy contritas que alguna vez fueron perversas y desdeñosas, adquisición de la felicidad embotellada para dejar de ver lo que rodea al espectador y crear una atmósfera maravillosa donde los meseros se vuelven Adonis y las parroquianas se transforman en sirenas voluptuosas.
Rulfiano el paisaje de estas últimas 24. Las tramas de una historia que se extienden de manera casi imperceptible haciendo un hilo que parece ser conductor...pero ¿conductor de qué?
Cada vez que salgo de la ciudad (y esas salidas son esporádicas debo admitir) y me acerco a la tierra de mi familia, el Oriente del estado, vuelvo a tragarme por los poros los pinares del camino. Cubierto de polvo aparece un viejo ya sin cancer en sus huesos, avisando una parada a la mitad de ninguna parte. ¿Y a dónde vamos? -Después de que observes como esa vaca se come la última brizna de la vida visitaremos a los muertos-.
Y veo a la gran señora, dueña de los cerros del pequeño pueblo de tejas coloradas, repetir a mis oidos infantiles -No hijo, aquí somos muy pobres, aquí no tenemos de eso-.
Y aparece aquel hombre de los ojos con llamas azules hablando nuevamente de espantos, aparecidos, el diablillo del puente, la mujer de los tacones misteriosos y los fuegos que viajan en forma de grandes albóndigas luminosas de un pueblo a otro.
Sí. En la vorágine de los eventos simples de un día es preferible (al menos por un momento) recordar un pasado que no termina de irse y que sigue carcomiendo las entrañas a enfrentar la locura del día a día que amablemente tiende una mano acolchada.
¿O no?

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